: Lo que decimos de nuestro cuerpo también lo escuchan nuestros hijos | Psicóloga Viladecans

PSICÓLOGA VILADECANS: ¿CÓMO HABLAMOS DE NUESTRO CUERPO?

Lo que decimos sobre nuestro propio cuerpo también lo escuchan nuestros hijos | Psicología Viladecans

Psicóloga en Viladecans sobre cómo hablar del cuerpo influye en los hijos e hijas

Soy Laia Montero Gascó, Psicóloga General Sanitaria, jurídica y forense, y actualmente desarrollo mi actividad profesional en Serveis Atenció Terapèutica de Viladecans.

Soy graduada en Psicología con mención clínica por la Universitat Ramon Llull y cuento con un Máster Universitario en Psicología General Sanitaria y un Máster Universitario en Psicología Jurídica, ambos por la VIU. A lo largo de mi trayectoria he trabajado con población infantil, juvenil y adulta, así como en el ámbito de las adicciones, la prevención de conductas suicidas y autolesivas y diferentes contextos de intervención psicológica. Toda esta experiencia me ha enseñado que muchas de las dificultades que aparecen en consulta no tienen que ver únicamente con lo que una persona piensa sobre sí misma, sino también con los mensajes que ha aprendido a escuchar desde pequeña.

Y precisamente por eso, hoy quiero hablar de algo que observo con frecuencia en consulta: la manera en la que hablamos de nuestro propio cuerpo delante de nuestros hijos e hijas.

“Estoy demasiado gordo”, “qué mal me queda esto”, “tengo que adelgazar”

Son frases que podemos decir casi sin pensar.

Quizás delante del espejo. Mientras nos probamos ropa. Después de unas vacaciones. Al ver una fotografía. Cuando nos ponemos un pantalón que antes nos quedaba diferente.

A veces incluso las decimos en tono de broma.

Pero nuestros hijos e hijas están escuchando.

Y no solo escuchan las palabras. También observan nuestra expresión, nuestra relación con la comida, cómo nos miramos al espejo, cómo hablamos de otras personas, cómo escogemos la ropa o cómo reaccionamos cuando nuestro cuerpo cambia.

Como psicóloga en Viladecans, cuando trabajo cuestiones relacionadas con autoestima e imagen corporal, considero fundamental ampliar la mirada. No se trata únicamente de preguntar a un niño, una niña o un adolescente “¿te gusta tu cuerpo?”. También necesitamos preguntarnos qué mensajes ha recibido sobre los cuerpos a lo largo de su vida.

Porque antes de aprender a juzgar su propio cuerpo, probablemente alguien les habrá enseñado, de forma directa o indirecta, qué cuerpos se consideran aceptables y cuáles no.

Nuestros hijos no necesitan padres y madres que amen su cuerpo todos los días

A veces pensamos que para transmitir una imagen corporal saludable tenemos que conseguir algo muy difícil: mirarnos al espejo y sentirnos completamente satisfechos con nuestro cuerpo en todo momento.

No es necesario.

Las personas adultas también podemos tener inseguridades. Podemos tener días en los que no nos guste cómo nos queda una determinada ropa o en los que nos cueste aceptar algún cambio físico.

La cuestión no es no tener inseguridades.

La cuestión es qué hacemos con ellas y qué lugar ocupan en nuestra vida.

No es lo mismo decir:

“Estoy horrible. No puedo salir así.”

que decir:

“Hoy no me siento especialmente cómodo/a con esta ropa. Voy a buscar otra con la que me encuentre mejor.”

En la primera frase estamos asociando nuestro valor o nuestra posibilidad de mostrarnos al mundo con nuestra apariencia.

En la segunda estamos expresando una preferencia sin convertir nuestro cuerpo en un problema.

Como psicóloga, una de las cosas que más intento trabajar es precisamente esta diferencia: no necesitamos sentirnos perfectos para tratar nuestro cuerpo con respeto.

Lo que decimos de nuestro cuerpo puede convertirse en la voz interior de nuestros hijos

Durante la infancia y la adolescencia, las personas construimos buena parte de la imagen que tenemos de nosotras mismas a partir de lo que vemos y escuchamos a nuestro alrededor.

Por eso, cuando una madre dice constantemente que está gorda, un padre habla continuamente de que tiene que perder peso, o cualquier persona adulta hace comentarios despectivos sobre su propio cuerpo, ese mensaje puede terminar interiorizándose.

Y no necesariamente porque el niño o la niña piense exactamente lo mismo.

Puede aparecer algo más sutil:

“Si mi madre cree que estar gorda es algo malo, ¿qué pasará si yo engordo?”

“Si mi padre siempre está preocupado por su barriga, ¿yo también debería preocuparme por la mía?”

“Si en casa hablamos de alimentos que engordan como si fueran peligrosos, ¿tendré que controlar lo que como?”

Como psicóloga en Viladecans, considero especialmente importante prestar atención a estos mensajes porque muchas veces se transmiten con buena intención. Queremos cuidar nuestra salud, queremos enseñar hábitos saludables o simplemente estamos expresando una inseguridad que llevamos años arrastrando.

Pero nuestros hijos e hijas pueden interpretar algo diferente.

También escuchan cómo hablamos de los cuerpos de otras personas

La educación sobre la imagen corporal no ocurre únicamente cuando hablamos de nuestro propio cuerpo.

También ocurre cuando hacemos comentarios sobre el cuerpo de otras personas.

“Qué delgada está.”

“Ha engordado muchísimo.”

“Antes estaba más guapo.”

“Con unos kilos menos estaría mucho mejor.”

“Esa ropa no le queda bien por su cuerpo.”

Aunque pensemos que estamos haciendo un comentario inocente, nuestros hijos están aprendiendo.

Aprenden que los cuerpos pueden ser evaluados.

Que podemos opinar sobre ellos.

Que determinados cuerpos reciben aprobación y otros críticas.

Y, poco a poco, pueden comenzar a mirar su propio cuerpo desde fuera, como si también estuviera permanentemente expuesto a la valoración de los demás.

Por eso, cuando una familia me pregunta cómo puede ayudar a mejorar la autoestima de su hijo o hija, una de las primeras cosas que planteo es observar qué lugar ocupa el físico en las conversaciones familiares.

La comida tampoco debería convertirse en una batalla contra el cuerpo

Otro aspecto que observo habitualmente es la relación entre imagen corporal y alimentación.

No significa que no debamos hablar de alimentación saludable. Al contrario: enseñar a niños, niñas y adolescentes a cuidar su alimentación forma parte de su bienestar.

Pero podemos hacerlo sin convertir la comida en una fuente constante de culpa.

Frases como “esto engorda”, “esto no puedo comerlo”, “mañana tengo que compensar”, “me he pasado” o “esto me lo he ganado porque hoy he hecho ejercicio” pueden transmitir una relación complicada entre comida, cuerpo y merecimiento.

En este sentido, como psicóloga en Viladecans, creo que es importante que las familias puedan hablar de alimentación desde el cuidado y no desde el castigo.

Comer no debería convertirse en una prueba de fuerza de voluntad.

Y nuestro cuerpo no debería convertirse en el resultado de una evaluación diaria.

¿Qué podemos hacer desde casa?

No necesitamos cambiar nuestra manera de hablar de un día para otro. Podemos empezar con pequeños cambios.

1. Hablar del cuerpo desde la funcionalidad

En lugar de centrarnos constantemente en cómo se ve nuestro cuerpo, podemos hablar también de lo que nos permite hacer.

“Mis piernas me permiten caminar.”

“Mis brazos me permiten abrazarte.”

“Estoy cansado/a y necesito descansar.”

Esto ayuda a ampliar la mirada y a entender el cuerpo como algo más que una imagen.

2. Evitar clasificar los cuerpos

Intentemos reducir los comentarios que colocan los cuerpos en categorías de “mejor” o “peor”.

No necesitamos decir que una persona está “mejor” porque ha adelgazado ni que está “peor” porque ha engordado.

Los cambios corporales forman parte de la vida.

3. Revisar nuestro propio lenguaje

Podemos preguntarnos:

¿Qué digo cuando me miro al espejo?

¿Qué digo después de comer?

¿Cómo hablo de otras personas?

¿Qué comentarios hago cuando me pruebo ropa?

A veces esta pequeña revisión resulta mucho más reveladora de lo que imaginamos.

4. Enseñar que el cuerpo puede cambiar

Especialmente durante la adolescencia, el cuerpo cambia muchísimo.

Crece, se transforma, aparecen nuevas formas y características físicas y puede resultar difícil reconocerse.

Necesitamos transmitir que cambiar no significa estar peor.

El cuerpo adolescente no tiene que parecerse al cuerpo infantil, ni tampoco al cuerpo de otras personas de su misma edad.

5. Hablar de los mensajes que reciben fuera de casa

No podemos controlar todo lo que nuestros hijos e hijas escuchan.

Van al colegio, utilizan redes sociales, ven publicidad, hablan con amistades y reciben constantemente mensajes sobre cómo “debería” ser un cuerpo.

Pero sí podemos ofrecerles un espacio donde puedan cuestionarlos.

Podemos preguntarles:

“¿Qué opinas de lo que acabas de ver?”

“¿Crees que todos los cuerpos tienen que ser así?”

“¿Cómo te hace sentir ese contenido?”

De esta manera no intentamos protegerles aislándoles de todos los mensajes, sino que les ayudamos a desarrollar una mirada crítica.

No se trata de hacerlo perfecto

Quiero insistir especialmente en esto.

Si alguna vez has hablado mal de tu cuerpo delante de tus hijos, no significa que hayas hecho un daño irreversible.

Las familias no necesitan ser perfectas.

Necesitan poder revisar, reparar y aprender.

Podemos equivocarnos y también podemos decir:

“Antes hablaba mucho de que no me gustaba mi cuerpo. Estoy intentando cambiarlo porque no quiero que pensemos que nuestro cuerpo tiene que ser perfecto para estar bien.”

Ese tipo de conversación también educa.

De hecho, puede ser una oportunidad extraordinaria para enseñar que cambiar una forma de pensar es posible.

Desde mi experiencia como psicóloga en Viladecans, considero que una relación saludable con el propio cuerpo no consiste en mirarse todos los días y pensar “me encanta lo que veo”. Consiste en poder mirarse y pensar: “Este es mi cuerpo y merece respeto, incluso los días en los que no me gusta especialmente.”

Y ese es uno de los mensajes más valiosos que podemos transmitir a nuestros hijos e hijas.

Si quieres trabajar la autoestima y la imagen corporal, puedo acompañarte

Cuando la preocupación por el cuerpo empieza a ocupar demasiado espacio, aparecen comparaciones constantes, rechazo hacia la propia imagen, culpa alrededor de la comida o una autoestima excesivamente ligada al aspecto físico, pedir ayuda psicológica puede ser un paso importante.

En consulta trabajo desde una mirada cercana y adaptada a cada persona, teniendo en cuenta su edad, su contexto familiar, sus experiencias y las dificultades que está atravesando.

Si eres madre, padre o familiar y te preocupa la relación que tu hijo o hija está construyendo con su cuerpo, también podemos trabajar juntos para entender qué está ocurriendo y encontrar herramientas para acompañarle sin aumentar la presión.

Soy Laia Montero Gascó, Psicóloga General Sanitaria, y atiendo en Serveis Atenció Terapèutica de Viladecans a población infantil, juvenil y adulta.

Si sientes que ha llegado el momento de pedir ayuda, puedes agendar una cita conmigo y empezar a trabajar en ello.

Laia Montero Gascó

Psicóloga General Sanitaria, jurídica y forense

Grado en Psicología con mención clínica (Universitat Ramon Llull)

Máster universitario en Psicología Jurídica (VIU)

Máster universitario en Psicología General Sanitaria (VIU)

Experiencia Laboral
  • Psicóloga en Serveis Atenció Terapèutica (Viladecans).
  • Psicóloga en adicciones en Associació Retorn (Barcelona)
  • Psicóloga en prácticas en Ita Avenir (Barcelona).
  • Psicóloga en programas formativos en medidas penales en la Fundació IRES (Barcelona).
  • Psicóloga de tránsito y la seguridad vial en Centre Mèdic Unió.
  • Psicóloga infantil, juvenil y de adultos en Centre Mèdic Censalu (Gavá).
  • Psicóloga en prácticas en el Instituto NEPP (Barcelona).
Formación complementaria
  • Curso «Primeros auxilios psicológicos en violencia sexual. Herramientas aplicadas. El cine como ejemplo».
  • Curso «Prevención e intervención en conducta suicida y autolesiva».
  • Curso «La mente de un pedófilo. Bases del abordaje de la pedofilia desde la consulta clínica».
  • Curso «Formación en realidad virtual para medidas penales alternativas».
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